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Recital

17 December 2007
Théâtre du Châtelet, Paris

Simon Keenlyside

Julius Drake

 

This performance will be broadcast by France Musique on 9 January 2008

 

Programme

Robert Schumann:

Ballade des Harfners (Nr. 2 from Lieder Mignons, des Harfners und Philinens, op. 98a)

12 songs of Justinus Kerner, op. 35

·        Lust der Sturmnacht

·        Stirb, Lieb und Freund!

·        Wanderlied

·        Erstes Grün

·        Sehnsucht nach der Waldgegend

·        Auf das Trinkglas eines verstorbenen Freundes

·        Wanderung

·        Stille Liebe

·        Frage

·        Stille Tränen

·        Wer machte dich so krank?

·        Alte Laute

         

Interval

Franz Schubert:

Der Wanderer an den Mond, D 870

An den Mond in einer Herbstnacht, D 614

An die Leier, D 737

Geheimes, D 719

Blondel zu Marien, D 626

Prometheus, D 674

Der Wanderer

Daß sie hier gewesen, D 775

Die Sterne, D 176

Im Walde, D 834

Encores

Das Fischermädchen

L’Incanto degli occhi

Rastlose Liebe

Nachtviolen

Der Jüngling an der Quelle

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What the critics say

 

Jorge Binaghi, Mundoclasico.com, 26 December 2007

[Translation will appear as soon as possible]

He visto otras cosas este fin de semana en París, pero empiezo por lo que aún no ha cumplido un día. No porque será - no lo sé- más corto, sino porque es lo que me ha justificado el viaje (y para lo único que no tenía entrada de prensa). ¿Qué significa cantar, hoy y siempre? ¿Qué es un gran cantante, en cualquier época? La respuesta reside, quizás, en algunos de los lieder que cantó el barítono inglés en esta memorable velada, y, sin quizás, en el propio Keenlyside, que creo que puede ser calificado de gran cantante sin temer comparaciones ni tener que circunscribirlo a su época. La música es difícil de explicar con palabras. Yo podría terminar aquí mi reseña diciendo: traten de escuchar el 9 de enero por France Musiques a las 10 de la mañana la retransmisión de este concierto, y un lied valdrá más que cualquier sesudo ensayo. Mejor, escuchen, si pueden, las dos primeras ‘Nachtviolen’ del lied del mismo nombre de Schubert o el famoso “Louize” final de Der Jüngling an der Quelle, o la agitación del brevísimo Rastlose Liebe: todos bises, junto con Das Fischermädchen y L’incanto degli occhi, del autor con el cual -y no me extraña- Keenlyside parece tener una relación privilegiada.

Si un sentimiento como la envidia cupiera aquí -por suerte no es precisamente el caso, porque el tipo de canto, de cantante y de autor lo excluye- yo lo envidiaría profundamente. Cinco bises en un teatro que estaba lleno en sus dos terceras partes y que habría estado a reventar si Keenlyside no fuera uno de esos artistas-orfebres, discreto, poco dado a dejarse explotar por los medios (y podría, no sólo por su arte -que justamente es lo contrario- sino por su figura -que es lo que ha hecho ‘grande’ a algunas figuras que ni de lejos podrían aspirar a serlo por sus méritos reales). Pero el público que acudió -yo no era de los mayores, pero sí había muchos más jóvenes- lo hizo con un entusiasmo, atención y seriedad (salvo algunas toses inevitables, pero menos que otras veces, y con algunos silencios significativos, que indicaban que allí se estaba por la música y el intérprete y no por cualquier cosa exterior: ni Schumann, ni Schubert, ni Keenlyside ni Drake lo son).

Procedamos por orden. Con un programa con textos equivocados o puestos en orden distinto, el barítono se lanzó de cabeza a las profundidades con la larga y relativamente poco ejecutada balada ‘del arpista’ con texto de Goethe. Difícil por la línea, la expresividad, la tensión, el relato. El centro es el rechazo de la cadena de oro como premio por su canto, porque “canto como el pájaro en las ramas; y el canto que surge de mi garganta es una recompensa que me basta abundantemente”.

Cómo lo dijo y lo cantó, parecía casi una confesión personal. Keenlyside ama esta música, la entiende, la muestra con los ojos, con el cuerpo y -de nuevo- con un dedo tendido o un brazo: no hace teatro; expresa de modo que suena directo y natural, con un trabajo artesanal seguramente realizado durante mucho tiempo, o sea el Viejo “arte que esconde el arte”. Luego vinieron las doce canciones del Liederreihe sobre textos de Justinus Kerner. Si los analizo uno por uno, va a ser una de mis críticas más largas. Y sin sentido. Me limitaré a señalar Stirb, Lieb’ und Freud’! (esa frase y “einen Lilienkranz” bastan para entender lo que intento decir. Si no se entiende, poco puede hacer nadie. De paso, el falsete en los momentos en que habla la voz femenina sonó justo y nada cómico,

como tal vez se podría suponer), Wanderlied (Keenlyside está consustanciado con el tema del viaje incesante y sin retorno, del que no tiene o ha perdido su lugar), Sehnsucht nach der Waldgegend (el principio o, al final, la emisión en “öd’” y “stumm”, me dejaron  clavado en el asiento, y de paso dejo constancia de la claridad meridiana de su alemán), Stille Liebe (con un acompañamiento del piano de Drake que, siempre sobresaliente, bordó el final) y, sobre todo, Stille Tranen.

Todavía hubo tiempo para el mal que los hombres hacen a los hombres en Wer machte dich so krank? y el final de la primera parte llegó con Alte Laute, esos antiguos sones que provienen “de un pecho adolescente melancólico, del tiempo en que creía en el mundo y en sus placeres”. Una buena definición de los lieder de Schumann y de cómo hay que cantarlos.

Pero en la segunda parte venía Schubert, y, si es posible eso, el nivel subió todavía un punto, con dos cantos a la luna (en el segundo, An den Mond in enier Herbstnacht, el último verso “auf dieser schönen Erde”, con el acento sobre ‘Erde’, nos permitió participar de lo que significaba el mundo -natural o no- para Schubert en medio de la tristeza). Subió más aún con el famoso A la lira, con su oposición entre el canto guerrero y el elegíaco: las medias voces de Keenlyside son mágicas, y en contraposición con los agudos de comienzo de estrofa hicieron una impression memorable.

Como uno no puede vivir siempre en la cumbre, vino el frívolo y bienvenido Geheimes, sólo para dar paso al Blondel zur Marien (hacía mucho que no oía un “ein holder Stern!” como éste) y el fantástico Prometheus de Goethe, en una version antológica por la pasión y la ironía y el desprecio del titán-hombre -aquí más hombre- ante la divinidad (el “Eure Majestät” sonó como una bofetada, con todo el bronce que puede tener la voz de Keenlyside y utilizando los matices en su timbre homogéneo). Tuvimos otro Wanderer y un escalofriante Dass sie hier gewesen, para finalizar con Die Sterne (estrellas que brillaron en la voz y en la mirada) y Im Walde,cuya última frase nos trajo, tal cual, “sin temor en la brisa el canto de los espíritus”.

De los bises he hablado al principio; tal vez haya que agregar las ‘perlas’ de la Fischermädchen y, sobre todo, el precioso legato, el fiato (y eso que estaba ligeramente cansado a esas alturas) de L’incanto degli occhi que demuestran la vinculación de Schubert con Mozart y dicen qué gran ‘Guglielmo’ de Così ha sido y podría seguir siendo si quisiera el artista.

En cambio, preguntado al final sobre su próximo primer Wozzeck, dijo simplemente “lo estoy estudiando mucho; es difícil, pero…cómo me gusta”. Ahí tienen ustedes, entero, lo que es un gran artista. Por mí, como si quisiera sólo dedicarse al recital, que con artistas como él no sólo mantiene su sentido intacto sino que hace que la canción de cámara resulte superior a la ópera.

 

 

François Lesueur, Concertclassic.com

http://www.concertclassic.com/journal/articles/actualite_20071217_1989.asp

[Translation will appear soon]

 

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